REFLEXIÓN SOBRE EL JUEVES SANTO, en la CENA DEL SEÑOR
9 de Abril de 2020
Día del AMOR FRATERNO
REFLEXIÓN:
Hoy te invito a imaginar:
Cena con los amigos. Es tu gran fiesta. Quieres contarles cosas muy importantes. Los quieres a todos, incluso al que siempre te lleva la contraria y te saca de quicio. No saben que te quedan pocos días de vida e incluso horas. En medio de la cena, te levantas, coges agua, una toalla y te pones a lavarles los pies. Ninguno entiende nada. Te aprecian, les caes bien, les pareces una persona íntegra, inteligente, cariñosa, pero no comprenden el gesto. Les explicas que te vas y quieres dejarles varios regalos. El primero es un trozo de pan y una copa de vino. Dos productos sencillos, de la tierra, de los que en toda cena de amigos se hacen presentes. Con este primer regalo quieres que cuando se vuelvan a reunir en tu nombre, brinden con el vino que te hace presente y con el pan que se parte como lo haces tú por ellos. El segundo es el regalo del servicio a todos, incluso a los que te traicionan. Ese servicio que le has mostrado en el gesto de lavarles los pies, quieres que ellos también lo hagan, pero no sólo entre amigos. Les anuncias que el tercer regalo es espectacular, que lo recibirán dentro de unos días y servirá para que todos comprendan los gestos de tu vida.
Estás nervioso. No es una cena de mucha alegría, sabes que en unas horas te enfrentas al juicio de los que te odian. No has hecho nada malo. No has dicho nada que no fuera cierto. Tienes miedo. Sí, tienes miedo. Durante la cena se te vienen pensamientos de todo tipo. Momentos alegres, momentos tristes, momentos emocionantes que recorren tu vida. Recuerdas cuando has ayudado a uno, a otro, e incluso a una multitud de gente. Has hecho cosas grandes, muy grandes. Has tenido gestos preciosos con muchos, pero piensas que quizá no hayan servido para nada. Amas a los que tienes en esta cena y te gustaría que estuvieran en ella muchos más. Te duelen los pies de tanto caminar. Te duele la cabeza de tanto pensar. Te duele todo el cuerpo. Pero tú estás en tu gran cena aparentemente sereno, sonriente, con mirada tierna. Uno de tus amigos más allegados no quiere que te rebajes a lavarle los pies. Él liderará el grupo cuando ya no estés. Es duro de mollera. Hace tiempo que le pediste que él tirase del grupo que habías formado cuando tú no estés. No es un grupo de amigos habitual. Es un grupo especial. Cada uno es de su padre y de su madre, como solemos decir. Posiblemente haya muchas disputas entre ellos cuando ya no estés. No son muy valientes en estos momentos, pero lo terminarán siendo, de verdad, la mayoría de este grupito, excepto uno, serán como tú.
Cena tranquilo porque has hecho las cosas muy bien. Disfruta de la comida. Disfruta de tu fiesta. No pienses en lo que viene. Sabes que lo que te espera es muy duro, pero lo del domingo es tan espectacular, que merece la pena. Te duele que uno de tus mejores amigos facilite y acelere este trance hacia la muerte. Él también lo pasará mal, no se lo tengas en cuenta. Sabemos que todo lo perdonas. Va llegando tu hora. Por favor, no te olvides de ninguna de las personas que han pasado por tu vida. Cuando estés allí, en el dolor, acuérdate de tu madre y sus abrazos. Acuérdate de tus amigas y amigos cuando cantaban y bailaban contigo. Acuérdate incluso de los que te han abandonado por el camino. Acuérdate de todos.
Y ahora deja de imaginar, ha llegado la hora, conviene que se cumpla la Escritura.
Daniel Mielgo Barreña
Parroquia de San Andrés – Ciudad Rodrigo
REFLEXIÓN SOBRE EL JUEVES SANTO en PDF
Evangelio: Juan 13, 1-15
“Los amó hasta el extremo”
Antes de la fiesta de la Pascua, sabiendo Jesús que había llegado su hora de pasar de este mundo al Padre, habiendo amado a los suyos que estaban en el mundo, los amó hasta el extremo. Estaban cenando; ya el diablo había suscitado en el corazón de Judas, hijo de Simón Iscariote, la intención de entregarlo; y Jesús, sabiendo que el Padre había puesto todo en sus manos, que venía de Dios y a Dios volvía, se levanta de la cena, se quita el manto y, tomando una toalla, se la ciñe; luego echa agua en la jofaina y se pone a lavarles los pies a los discípulos, secándoselos con la toalla que se había ceñido. Llegó a Simón Pedro y este le dice: «Señor, ¿lavarme los pies tú a mí?». Jesús le replicó: «Lo que yo hago, tú no lo entiendes ahora, pero lo comprenderás más tarde».
Pedro le dice: «No me lavarás los pies jamás». Jesús le contestó: «Si no te lavo, no tienes parte conmigo». Simón Pedro le dice: «Señor, no solo los pies, sino también las manos y la cabeza». Jesús le dice: «Uno que se ha bañado no necesita lavarse más que los pies, porque todo él está limpio. También vosotros estáis limpios, aunque no todos». Porque sabía quién lo iba a entregar, por eso dijo: «No todos estáis limpios». Cuando acabó de lavarles los pies, tomó el manto, se lo puso otra vez y les dijo: «¿Comprendéis lo que he hecho con vosotros? Vosotros me llamáis “el Maestro” y “el Señor”, y decís bien, porque lo soy. Pues si yo, el Maestro y el Señor, os he lavado los pies, también vosotros debéis lavaros los pies unos a otros: os he dado ejemplo para que lo que yo he hecho con vosotros, vosotros también lo hagáis.

