Paz a vosotros
Reconozco que resulta difícil escribir o reflexionar en positivo los días que recibes noticias de gente cercana que está muy enferma, que fallece, que está pasándolo mal económicamente… Pero no podemos olvidar que estamos celebrando la Pascua, que Dios nos ha mostrado en su Hijo hecho hombre, que después de este temporal sufrimiento, llegará la alegría y la paz para siempre. Y es esta alegría y esta paz las que empujaron a los primeros cristianos a compartir lo que les daba sentido a su existir. Todo lo compartían, era desbordante la necesidad de estar con los demás, y contarles lo que había sucedido con Jesús… ese hombre que hablaba de forma maravillosa, que miraba diferente, que escuchaba a todo el mundo, que oraba por las noches, que dignificaba a las mujeres, que transmitía alegría y paz… había muerto, sí, lo habían torturado, sí, pero había resucitado.
La primera lectura de este domingo de los Hechos de los Apóstoles, que os paso en el texto adjunto, muestra la vida de las primeras comunidades. Compartían todo lo que tenían, celebraban la Fracción del Pan, recordaban las enseñanzas de Jesús transmitidas por los Apóstoles, vivían unidos, eran sencillos de corazón y daban gracias a Dios por el gran regalo de la vida. Todo esto hacía que cada día hubiera más hombres y mujeres que quisieran formar parte de este grupo de amigos que vivían de una forma diferente, especial…
Me pregunto si seríamos capaces hoy de vivir así: compartiendo lo que tenemos, unidos, sin luchas de poder, sencillos de corazón, recordando lo que nos han enseñado nuestros antecesores y sobre todo ¿con paz y alegría?
En el Evangelio vemos cómo Jesús se aparece a los Apóstoles. No les guarda rencor a pesar de haberlo abandonado y en repetidas ocasiones les dice “Paz a vosotros”. Eso es lo que quiere traernos Dios: paz. Y esa paz, ese reconocimiento de la Resurrección produce alegría, ya que sabemos que nunca morirá nuestro espíritu, por lo tanto ¿a qué podemos tener miedo?
Amigos, no tengamos miedo a nada, tan sólo preocupémonos de amar. Del sufrimiento saquemos la oportunidad de acompañar al que sufre, de rezar por él y si eres tú el que estás sufriendo, pide ayuda a Dios y a los que te rodean, no estás solo, de verdad, no estás solo, no estás sola.
Feliz segundo Domingo de Pascua, feliz Domingo de la Divina Misericordia.
Daniel Mielgo Barreña
Parroquia de San Andrés – Ciudad Rodrigo
COMENTARIO A LAS LECTURAS DEL SEGUNDO DOMINGO DE PASCUA EN PDF
Primera lectura
Lectura del libro de los Hechos de los apóstoles (2,42-47):
Los hermanos perseveraban en la enseñanza de los apóstoles, en la comunión, en la fracción del pan y en las oraciones.
Todo el mundo estaba impresionado, y los apóstoles hacían muchos prodigios y signos. Los creyentes vivían todos unidos y tenían todo en común; vendían posesiones y bienes y los repartían entre todos, según la necesidad de cada uno.
Con perseverancia acudían a diario al templo con un mismo espíritu, partían el pan en las casas y tomaban el alimento con alegría y sencillez de corazón; alababan a Dios y eran bien vistos de todo el pueblo; y día tras día el Señor iba agregando a los que se iban salvando.
Segunda lectura
Lectura de la primera carta del apóstol san Pedro (1,3-9):
Bendito sea Dios, Padre de nuestro Señor, Jesucristo, que, por su gran misericordia, mediante la resurrección de Jesucristo de entre los muertos, nos ha regenerado para una esperanza viva; para una herencia incorruptible, intachable e inmarcesible, reservada en el cielo a vosotros, que, mediante la fe, estáis protegidos con la fuerza de Dios; para una salvación dispuesta a revelarse en el momento final.
Por ello os alegráis, aunque ahora sea preciso padecer un Poco en pruebas diversas; así la autenticidad de vuestra fe, más preciosa que el oro, que, aunque es perecedero, se aquilata a fuego, merecerá premio, gloria y honor en la revelación de Jesucristo; sin haberlo visto lo amáis y, sin contemplarlo todavía, creéis en él y así os alegráis con un gozo inefable y radiante, alcanzando así la meta de vuestra fe: la salvación de vuestras almas.
Evangelio
Lectura del santo evangelio según san Juan (20,19-31):
AL anochecer de aquel día, el primero de la semana, estaban los discípulos en una casa, con las puertas cerradas por miedo a los judíos. Y en esto entró Jesús, se puso en medio y les dijo:
«Paz a vosotros».
Y, diciendo esto, les enseñó las manos y el costado. Y los discípulos se llenaron de alegría al ver al Señor. Jesús repitió:
«Paz a vosotros. Como el Padre me ha enviado, así también os envío yo».
Y, dicho esto, sopló sobre ellos y les dijo:
«Recibid el Espíritu Santo; a quienes les perdonéis los pecados, les quedan perdonados; a quienes se los retengáis, les quedan retenidos».
Tomás, uno de los Doce, llamado el Mellizo, no estaba con ellos cuando vino Jesús. Y los otros discípulos le decían:
«Hemos visto al Señor».
Pero él les contestó:
«Si no veo en sus manos la señal de los clavos, si no meto el dedo en el agujero de los clavos y no meto la mano en su costado, no lo creo».
A los ocho días, estaban otra vez dentro los discípulos y Tomás con ellos. Llegó Jesús, estando cerradas las puertas, se puso en medio y dijo:
«Paz a vosotros».
Luego dijo a Tomás:
«Trae tu dedo, aquí tienes mis manos; trae tu mano y métela en mi costado; y no seas incrédulo, sino creyente».
Contestó Tomás:
«¡Señor mío y Dios mío!».
Jesús le dijo:
«¿Porque me has visto has creído? Bienaventurados los que crean sin haber visto».
Muchos otros signos, que no están escritos en este libro, hizo Jesús a la vista de los discípulos. Estos han sido escritos para que creáis que Jesús es el Mesías, el Hijo de Dios, y para que, creyendo, tengáis vida en su nombre.

